Difícil entender cómo sobrevivió la música
africana a cinco siglos de represión, violencia simbólica, vituperio e
infamia. Hoy domina triunfal los altoparlantes del mundo entero. No
podemos oír casi ninguna música popular que no esté impregnada de alguna
síncopa azabache. Blues, rock, jazz, rumba (y toda su inmensa familia,
que abarca la flamenca), plena, merengue (incluyendo el caraqueño),
calipso, reggae, fulía, bambuco, landó, samba, candomblé (padre del
candombe argentino), bossa nova, milonga, tango (hijo, dicen, de la
habanera; en todo caso el aire de familia es bien perceptible). La lista
no es exhaustiva, claro está, y además, como el lenguaje, varía día a
día como para que solo un academicista embrutecido, pero bien embrutecido de verdad, tenga pretensión de agotarla.La población americana de origen africano, reducidas a escombros sus sabidurías, se empecinó en mantener viva su música, cultivándola, refinándola, prodigándola con cariño. Cuando uno oye el disco Buena Vista Social Club, que tomó al mundo por asalto el año pasado, uno percibe una cultura inmensa, delicada, elaborada, acendrada. No cualquiera puede cantar con esa armonía y ese ritmo tan complejos, depurados en siglos de ensayo. Lo que más sorprende no es que haya tanta sabiduría en esos sones, porque sabiduría hay también en la Capilla Sixtina, en cualquier fuga de Bach o en cualquier ópera china. Eso no es lo que sorprende porque el hombre es capaz de sabiduría en toda sazón y región. ¡Pero Miguel Ángel contaba con apoyo oficial y a Bach nadie le decía que su música era una inmundicia cultural! Al africano en cambio toda autoridad le decía que la suya era ruido de cacerolas, vulgar, chabacana, grotesca, infame, infernal porque era mandinga, como él mismo. Lo envilecían y luego lo llamaban vil. La crueldad humana no tiene límites.
Los colonialistas lo procuraron todo para silenciarla. Aparte de lo dicho, en los países anglosajones —más fundamentalistas, más herméticos, tanto más por cuanto todavía los gringos no ven sino cine gringo y sus turistas comen McDonald's en París—, se les prohibieron sus instrumentos y tenían que usar su propio cuerpo como instrumento de percusión. La crueldad humana no tiene límites, ya está escrito, pero tampoco los tiene el ilustre encarnizamiento de no ser vencido —« l’illustre acharnement de n’être pas vaincu » (Hugo). Tuvieron que aprender a tocar los instrumentos europeos y los volvieron instrumentos africanos. Un jazzista, cuyo nombre me avergüenza no recordar, lo decía: «Cuando un africano toca un instrumento europeo lo convierte en un instrumento africano». La guitarra y el piano devinieron instrumentos de percusión. Todo el mundo se hizo rico. Los afroamericanos, claro, pero también los europeos, porque esa música nos tiende una mano, pues que es baile, para fundirnos en un abrazo inmenso y reconciliarnos los que descendemos de los que persiguieron al Negro Miguel y también del Negro Miguel. Porque al son de esa música hubo los entrelazamientos corporales que nos dieron este mestizaje que tanto nos embellece cuerpo y alma. Aunque no es cuestión de sangre: si tus dos padres son finlandeses y bailas salsa ya eres africano amén de escandinavo, porque las culturas que se abrazan engendran hijos bellos. Aquellos africanos, humillados y ofendidos, se empecinaban durante cinco siglos en hacer el bien con sus tambores y sus cinturas libres. Nunca antes se vio venganza tan dulce. Fue resistencia tan cortés y cariñosa que hoy escuchamos un danzón y nos parece producto de entendimiento fraterno entre culturas y no de la peor esclavización conocida por la historia inhumana. Les daban cuerazos y ellos devolvían la que Ignacio Piñeiro, nuestro Brahms, llamaba
- sensible nota del cuero
que dulcifica el ambiente
y que siente solamente
quien ha nacido rumbero.







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